El concepto de la igualdad de PR Vergara

agosto 31, 2019 Reflexiones
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El concepto de la igualdad– Reflexiones

La igualdad es algo por lo que luchamos desde tiempos inmemoriales.  Un concepto que en ocasiones se disminuye en aras de otras cosas no tan importantes. Primero que nada, la palabra igualdad significa, según una de las muchas definiciones encontradas online, que son dos personas iguales, que tienen las mismas características en cuanto a su naturaleza, cantidad, forma o cualidad. Aquí hablamos de igualdad de derechos, que es exactamente la que nos ocupa ahora en este escrito.

Todos, según las leyes jurídicas que gobiernan nuestros países, o al menos en los Estados Unidos y Puerto Rico, desde donde escribo este artículo, somos iguales ante Dios y ante los hombres. Bonitas palabras, muy bien redactadas en su momento por los padres de la Constitución, sobre los derechos y equidad de todos los seres humanos, pero que, sin embargo, no se respetan en la cruda realidad que nos rodea diariamente.

En la actualidad, no somos iguales. Realizamos las mismas funciones corporales, sentimos igual ante diferentes situaciones, lloramos cuando una situación nos entristece, reímos cuando algo o alguien nos contagia con su alegría, amamos, odiamos, sentimos sueño, comemos, y todas esas características que nos hacen iguales, y a la vez diferentes a los demás.

Hasta ahí algunas similitudes.

Somos diferentes en lo que pensamos, cómo reaccionamos ante una situación, en la manera en que vemos la vida, en nuestros sentimientos ante lo inexplicable, y ante lo explicable también, y somos diferentes en lo que consideramos bueno o malo.

Cada persona tiene su propio y personal concepto de la vida y de la igualdad. Posiblemente un hombre o mujer adinerad@ no lo cree así, que somos iguales, por la única razón de poseer dinero en abundancia, y lo más seguro es que mira a los demás con suficiencia, creyéndose lo mejor del mundo, superior, y en su mente y corazón, de tenerlo, lo piensa así.

También tenemos a la persona súper preparada académicamente, el abogado, médico, ingeniero, arquitecto, y no pienso añadir a esta lista a políticos, porque muchos de ellos ni siquiera conocen las reglas de multiplicar, así que no me voy a meter en ese campo, pues bastante tenemos con la situación en nuestro país desmoralizado ante lo que está y lo que viene, no muy halagador que digamos.

Estos, los preparados académicamente, y no todos, debo aclarar, son seres humanos que olvidaron en alguna parte del camino que sin importar el dinero y el tiempo invertido para completar su educación y después cargarnos a nosotros por su estilo de vida, que, en la vida, si no actúas igual que los demás, corres el riesgo de perderlo todo.

De nada valdría entonces los sacrificios cometidos si no se aprendió la lección más importante que cualquier ser humano tiene que aprender desde niño.

Que todos somos iguales ante Dios y ante los hombres.

El que ganes más dinero que yo, que tengas títulos académicos llenando tus paredes, que seas más inteligente, agraciado físicamente, o hables mejor, no te hace diferente a mí en nada. Son esquemas que la sociedad nos impone desde pequeños, y crecemos entonces con esos conceptos erróneos de lo que es una persona en la realidad.

Por estos conceptos equivocados es que actualmente hay un nivel de intolerancia increíble en nuestro diario vivir. Se rechaza a cualquier persona solamente por ser diferente en los esquemas ya establecidos por la sociedad. Miramos con desdén al deambulante que pide monedas en la calle, y vuelvo a repetir, gracias a Dios, no todos somos así; y tratamos despectivamente a la persona que se encuentra por debajo de nosotros en lo laboral, en la iglesia, en la universidad, en la familia, en todos lados.

No sabemos que al tratar así a los demás, nos hundimos nosotros mismos como seres humanos, que perdemos parte de la esencia pura e inocente que nos caracterizaba cuando éramos niños y no conocíamos de todas estas argucias sociales, morales, religiosas, económicas que nos fueron endilgando según crecíamos hasta convertirnos en adultos. El daño ya está ahí, y muchas veces es difícil erradicarlo, aunque queramos.

Somos iguales, aunque no lo creas. Está en ti cambiar lo negativo o lo impuesto en tu corazón para que pienses como yo. Posiblemente en tu caso particular, hables un poco mejor, tengas mejor educación, mayores valores y principios, te vistas bien, asistas al gimnasio regularmente, comas nutritivamente, o quizás no, te hartes de comida chatarra en ocasiones, poseas el auto más caro de la avenida, tengas a tus hijos en colegios carísimos y bilingües, tengas el empleo más remunerado del mundo, y te codees con la alta sociedad en todos los aspectos.

Sin embargo, sigues siendo el bebé desnudo que salió del vientre de tu madre llorando a todo pulmón.

Y serás también el adulto que entierren en el cementerio de tu pueblo cuando mueras. Quizás asista mucha gente al mismo, o posiblemente no, si trataste a los demás por encima de tu hombro. La muerte, cuando venga a buscarte, no verá si eres igual o diferente. Comoquiera te llevará.

Está en tu persona cambiar para ver a todos por igual. Aún puedes hacerlo. Toma su tiempo, no podemos negarlo, pero un poquito hoy, otro poco mañana, puede hacer la diferencia cuando llegue el momento de partir de este mundo. Cuando sientas deseos de gritar o maltratar a alguien, detente, y recapacita. Es un ser humano lo que tienes enfrente, no un animal, aunque los animales merecen la misma consideración al tratarlos. La dignidad de una persona no es negociable, no importa su vestimenta, dinero o educación. A la gente debemos tratarla igual aunque la veamos diferente.

Te vas satisfecho porque fuiste igual a los demás, o te vas amargado y vacío, porque no supiste que, ante Dios, los hombres, y la vida, tú eres igual que yo.

Piénsalo.

 

 

 

 

 

 

 

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Boletín

Peter Vergara

Peter Vergara

Peter Vergara, nacido en New York, pero residente desde 1967 en Manati, Puerto Rico. Posee un Bachillerato en Justicia Criminal. Autor de otras 7 novelas, Susurros Mortales 1 y 2 y otras. Desde pequeño soñaba con adentrarse en la rama de la psiquiatría, pero por circunstancias de la vida tuvo que comenzar a laborar a temprana edad, frustrando sus sueños de ser un médico reconocido en el campo de la conducta humana. Cuando su madre enferma de cáncer del pulmón en el 2000, y mientras es tratada por tan aciaga enfermedad en Estados Unidos, es que siente en su interior el deseo ferviente de escribir, de plasmar por escrito lo que estaba sintiendo en esos momentos tan tristes, y ahí es que nace Susurros Mortales 1, su primera novela publicada en Estados Unidos. Luego vendría su segunda novela, Susurros Mortales 2, Ángel de Piedad, y que será publicada ahora en septiembre del 2016, y luego, una vez regresa a Puerto Rico, escribe esta obra de ficción pero acorde con el momento actual, titulada Al Final del Abismo, desarrollada completamente en su ciudad adoptiva, Manatí, y que trata sobre temas actuales en nuestra sociedad, y la superficialidad rampante en la que actualmente vivimos en nuestro Puerto Rico y en la mayoría de las naciones alrededor del mundo. Actualmente se encuentra desarrollando la tercera parte de la saga Susurros Mortales, la que espera publicar próximamente una vez culmine la publicación de las dos primeras partes, todas en español. Son historias bien escritas en su narrativa, aquí nadie bosteza ni se duerme, y mantiene al lector en un estado de suspenso todo el tiempo, siempre esperando por más. Fueron noches sin dormir, amaneceres pegado a la pantalla de mi laptop, días en que surgieron en muchas ocasiones el famoso bloqueo del escritor, en que aunque deseemos seguir escribiendo, la mente, el corazón, y también la inspiración, se esconden en la cueva oscura del vacío mental, y es en estos momentos cuando descubrimos, sacamos, esa fortaleza para seguir adelante y culminar nuestra obra. Al Final del Abismo, al igual que las otras cuatro novelas, se encuentran en formato Kindle ebook y papel o impreso en Amazon, alrededor del mundo. Actualmente casado con Lynette Martínez, una mujer maravillosa que es la luz de su vida. Residen en Manatí, Puerto Rico.

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