Papá, no será fácil decirte adiós…

Hace más de una década perdí a mi madre, Elsie, víctima de una mortal enfermedad que terminó con su vida. Fueron meses de interminable agonía en los que toda su familia y amistades veían en primera fila cómo un ser humano tan amado por nosotros se consumía lentamente a pesar de todos nuestros esfuerzos por aliviar en algo su dolor.

Se perdió la batalla. Y lloramos, desgarrados completamente por la despedida de una madre que lo fue todo para nosotros, y que batalló como una fiera guerrera para derrotar la enfermedad que nunca tuvo piedad con ella.

Dieciséis años después nos hallamos en la misma encrucijada del dolor, aguardando, observando como el tiempo acaba con cada parte del cuerpo y vida de mi padre.

Meses de deterioro físico y mental han ido matando lentamente una historia que fue interesante hasta el final, y que cada día que pasa no es ni la más remota sombra de lo que en su momento fue.

Pronto el capítulo llegará a su epílogo, y el libro se cerrará, pero esta vez definitivamente, sin posibilidad de volverlo a leer algún día. No habrá una segunda parte, ni la esperanza de vivir ni disfrutar nuevamente su personaje.

Cerraré esta historia con lágrimas en mi corazón, y mis dedos temblorosos tratarán de guardarlo para siempre en los anaqueles íntimos de mi alma, porque sé que por siempre permanecerá ahí, y que quizás abra sus páginas para atisbarlo brevemente cuando el momento de mi postrero adiós también se acerque.

No es el momento apropiado de recordar cosas tristes, ni sucesos que marcaron nuestras vidas debido a su, en ocasiones, agresiva forma de ser y su enfoque de lo que él pensaba que era lo correcto, y que desgraciadamente, en la gran inmensa de las veces, no lo era, por lo que fueron tiempos non grato para nosotros, su familia, y los que lo conocían de cerca.

Pero ya eso es otra historia.

Hoy en la tarde, mientras mi esposa Lynette y yo lo bañábamos en su cama, tratando de moverlo lo menos posible para no lastimarlo, vi sus ojos fijos en la nada, y sus manos se deslizaron suavemente entre las mías para acercarme a su rostro.

Casi no me distinguía, pero sabía que estábamos ahí. Para, y por él. Lo sentía en su corazón, aunque ya su cuerpo no le respondiera como antes.

Los enojos del pasado, los momentos en los que nos distanciábamos por cualquier motivo, las palabras y regaños, y en diversas ocasiones, comentarios tontos, de todo lo que hacíamos su esposa e hijos, ya no tenían razón de ser.

El resentimiento que tantas veces sentí cuando discutíamos se había apagado para siempre. No veía al padre que todo lo sabía y que nunca se equivocaba, y que provocaba gran tensión en nuestras relaciones de familia, y al que muchas personas molestaban por su incisiva costumbre de hablar de más cuando nadie le pedía su opinión.

Siempre la daba, sin importar las consecuencias, buenas o malas, de sus acciones, y en completo menosprecio de los sentimientos de los demás.

Era difícil tratar con papi. Cuando más lo necesitábamos, se hacía de rogar por el menor detalle, y a veces nos molestaba tanto que terminábamos enojados con él.

Pero siempre estaba ahí, a regañadientes, pero al final nos tendía la mano, así como lo hizo hoy mientras lo bañábamos. Nunca nos abandonó, aunque nos lo recordara toda la vida.

Así era mi padre, el que yo idolatraba de pequeño cuando caminábamos juntos por las calles de nuestro Manatí, y yo inexorablemente me quedaba atrás por él siempre estar un paso adelante. Eran veloces sus pasos, como lenta su comprensión cuando al parecer fallábamos por cualquier cosa.

Pero como dije anteriormente, no es el momento apropiado para recordar el pasado.

Al verlo ahí, indefenso, débil, sin ánimos ni siquiera de hablar como antes lo hacía a borbotones y sin freno, y posando ya sus ojos casi sin vida en los míos, únicamente puedo recordar lo bueno que fue en ocasiones con nosotros, y en especial conmigo. No me falló en la época de mi existencia cuando más lo necesité, y sería desagradecido por mi parte el abandonarlo ahora cuando sé que nos necesita.

«Perdóname si en algo te ofendí», susurró hace pocos días, mientras sostenía nuestras manos entre las suyas. Miré a Lynette, mi esposa. Ambos comprendíamos lo que estaba sucediendo. Mi padre, consciente o no, se disculpaba por el pasado.

Nuestros ojos se humedecieron presos de la gran tristeza que nos invadió. No pude evitar el llorar como un niño, el dar rienda suelta a mis sentimientos ocultos que siempre pugnaron por salir de hace tiempo.

Nada tenía que perdonar. Era mi padre, y lo amaba. Lo amo, y eso nada ni nadie lo puede evitar. También lo ofendí en muchas ocasiones, y él siempre lo olvidaba. Borrón y cuenta nueva.

Ahora, en estos días o semanas que preceden al final estaremos a su lado, del poco tiempo que resta para el adiós le daremos gracias a la vida por tenerlo tantos años entre nosotros, que no será jamás definitivo, porque sabemos, confiamos, de que, en su momento, cuando también Dios nos llame para acogernos en su seno, volveremos a estar juntos, pero esta vez definitivamente, en un mundo mejor donde no existen los odios ni rencores, y en donde lo único que impera es el amor para toda la eternidad.

Papi, no será fácil decirte adiós, pero te prometo que después volveremos a estar juntos.

Y espero que esta vez se te quite lo gruñón y malhumorado que siempre fuiste.

No sería fácil soportarte tus cosas en dos vidas, aunque pienso que lo mismo diría de mí.

Creo que te quiero tanto, que te aguantaría eso y más. Discutíamos, y me sacabas de quicio a cada rato, pero nunca el amor entre nosotros se extinguió. Al contrario, crecía cada vez más.

Muchas gracias por siempre estar ahí, aunque no lo mereciera en ocasiones.

Hasta luego, papá…

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Boletín

Peter Vergara

Peter Vergara

Peter Vergara, nacido en New York, pero residente desde 1967 en Manati, Puerto Rico. Posee un Bachillerato en Justicia Criminal. Autor de otras 7 novelas, Susurros Mortales 1 y 2 y otras. Desde pequeño soñaba con adentrarse en la rama de la psiquiatría, pero por circunstancias de la vida tuvo que comenzar a laborar a temprana edad, frustrando sus sueños de ser un médico reconocido en el campo de la conducta humana. Cuando su madre enferma de cáncer del pulmón en el 2000, y mientras es tratada por tan aciaga enfermedad en Estados Unidos, es que siente en su interior el deseo ferviente de escribir, de plasmar por escrito lo que estaba sintiendo en esos momentos tan tristes, y ahí es que nace Susurros Mortales 1, su primera novela publicada en Estados Unidos. Luego vendría su segunda novela, Susurros Mortales 2, Ángel de Piedad, y que será publicada ahora en septiembre del 2016, y luego, una vez regresa a Puerto Rico, escribe esta obra de ficción pero acorde con el momento actual, titulada Al Final del Abismo, desarrollada completamente en su ciudad adoptiva, Manatí, y que trata sobre temas actuales en nuestra sociedad, y la superficialidad rampante en la que actualmente vivimos en nuestro Puerto Rico y en la mayoría de las naciones alrededor del mundo. Actualmente se encuentra desarrollando la tercera parte de la saga Susurros Mortales, la que espera publicar próximamente una vez culmine la publicación de las dos primeras partes, todas en español. Son historias bien escritas en su narrativa, aquí nadie bosteza ni se duerme, y mantiene al lector en un estado de suspenso todo el tiempo, siempre esperando por más. Fueron noches sin dormir, amaneceres pegado a la pantalla de mi laptop, días en que surgieron en muchas ocasiones el famoso bloqueo del escritor, en que aunque deseemos seguir escribiendo, la mente, el corazón, y también la inspiración, se esconden en la cueva oscura del vacío mental, y es en estos momentos cuando descubrimos, sacamos, esa fortaleza para seguir adelante y culminar nuestra obra. Al Final del Abismo, al igual que las otras cuatro novelas, se encuentran en formato Kindle ebook y papel o impreso en Amazon, alrededor del mundo. Actualmente casado con Lynette Martínez, una mujer maravillosa que es la luz de su vida. Residen en Manatí, Puerto Rico.

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