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La estupidez en el País de las Maravillas (Ineptitud 101)

Desde hace un tiempo para acá coqueteo con la idea de escribir un libro que retrate con fidelidad estricta la idiosincrasia de mi isla, una historia donde trataré de plasmar en lo mejor posible las actitudes y actuaciones de mi gente, el puertorriqueño, y ver si de esta forma puedo entender, al menos un poco, cómo es que, a pesar de todo, hemos llegado al presente, vivos pero maltratados.

Sé que no será sencillo el escribir algo de tanta altura, y reconozco que habrá muchos que me criticarán con saña de yo decidirme a realizarlo, pero creo que ya es hora de identificar para generaciones futuras cómo es que somos y nos comportamos hoy en día. Reconozco que existe la posibilidad de que no entiendan mi punto de vista, y lo comprendo a la perfección, pues uno de los grandes defectos de este país es que a veces no asimilan las verdades, aunque las tengan frente a sus narices burlándose de ellos.

Llevamos en la práctica casi seis semanas de confinamiento, o cuarentena, semanas que se han alargado hasta lo inverosímil por nuestra ineptitud en comprender, algunos, que es en absoluto necesario si deseamos detener de una vez y por todas el contagio y propagación por lo tanto del mortal virus que nos amenaza, el COVID-19.

El 15 de marzo, domingo, la gobernadora de turno nos impuso sin previo aviso esta radical medida de distanciamiento social, comenzando con el estribillo #quedateentucasa que aparece hasta en la sopa. Los medios periodísticos y las llamadas redes sociales nos fueron invadiendo con miles de noticias y artículos relacionados con el virus, la mayoría sensacionalistas y carentes de sentido; otros, los pocos, informativos y de gran ayuda para el ciudadano común para protegernos de la forma ideal.

No dio tiempo para que la gente se preparara, hiciera sus compras, fuera a sus trabajos a recoger sus pertenencias, y otras cosas que suceden cuando te dan de cantazo una noticia que nadie espera. Primer error. Improvisación. ¿La medida? Acertada, pero al ser impuesta sin previo aviso un craso error. El primero de muchos. El inicio de la comedia que hemos padecido en estas últimas semanas.

Luego tenemos el circo continuo de unas vistas camerales politizadas para sacar millaje de cara a las elecciones, un tema de uso inadecuado de fondos públicos aprobados a las millas para probablemente beneficiar amigos del alma y compañías fatulas. Después, la ineptitud y mediocridad de unos funcionarios para acelerar los pagos por desempleo y aceptación de solicitudes del PAN. Pretextos y más pretextos de un gobierno y sus representantes a los que al parecer no les importan las condiciones precarias por las que este pueblo atraviesa luego de seis largas semanas de cuarentena y el sinfín inagotable de ayudas económicas estatales y federales que están pautadas desde el principio y que por algunas misteriosas razones no acaban de llegar al bolsillo de los ciudadanos. No es por comparar, pero en Estados Unidos comenzaron a repartir las ayudas prometidas con rapidez, y sin embargo, aquí, en nuestra tierra, los barbilampiños funcionarios hijos de papá que únicamente se encuentran en esas posiciones por favoritismo político no encuentran, o no quieren hacerlo, las medidas pertinentes que deben de poner en funcionamiento para que todo el mundo esté contento y no tengamos que preguntarnos cada noche buscando la forma de conseguir dinero al día siguiente para poder alimentar a nuestra familia.

Es muy fácil el pararse frente a un podio y decir estamos trabajando en ello, el pueblo es primero, el bienestar de mi gente es lo único que me importa, cuando la realidad es diametralmente opuesta a lo que se predica. Las palabras se las lleva el viento, dicen algunos, y yo espero que se convierta en una realidad el día de las elecciones, si es que llegara, pero en este caso que se lleven a estos politiquillos mediocres que no sirven más que para dificultar las cosas simples. Las personas no se alimentan de cuentos infantiles ni promesas rotas, ni menos de supuestas buenas intenciones de políticos de turno a los que no les importa si comemos o no. La vida es bonita cuando tenemos un buen empleo, ganamos miles de dólares al mes, poseemos una residencia y vehículos a todo lujo y una cuenta bancaria abultada como es la norma común en la existencia de estos individuos que vienen a mirar a los demás mortales por encima del hombro y a tomar decisiones que nos afectan como pueblo sin el menor derecho de refutarlas a no ser con nuestro voto de castigo en su momento. Todos se tiran la papa caliente, y nadie acepta sus culpas. Como dice la gobernadora de turno: son personas preparadas, así que no creo haya mala intención ni corrupción en las decisiones tomadas.

¿En serio dice eso? ¿Acaso cree que el puertorriqueño se chupa el dedo? Sacamos a un gobernador por la simple razón de burlarse del pueblo mediante un infame chat compartido con otros insensibles estúpidos como él, donde hasta los llamados artistas se unieron al clamor general para expulsarlo de la silla, y sin embargo, no hacemos lo mismo cuando nuestras vidas se encuentran en manos de funcionarios a los que no les importamos, a no ser para valerse de nuestra ignorancia y voto para seguir perpetuándose en el poder que una vez obtenido se convierte en la espada sobre la que pende nuestro destino.

Otra cosa es la llamada cuarentena. La aplaudí en su momento. Decisión acertada por demás, precursora medida de otros países, pero desacertada en su premura por no darle tiempo razonable a la ciudadanía para prepararse. Digamos que se respetó en su mayor parte, aunque siempre tuvimos la gente a la que no les importa ni su vida ni la de los demás y se tiraron a la calle comoquiera porque son inmunes al virus, como Superman a las balas. Idioteces de un sector que nunca aprende la lección, aunque tengo que indicar que en los últimos días hemos visto un incremento en el flujo de personas que se tiran a las calles menospreciando las órdenes impartidas de quedarnos en la casa, y que conformaron una parte de la población que desde el inicio acogió con beneplácito la idea de permanecer refugiados en el hogar.

Me pregunto: ¿Se acabó el toque de queda y yo sin enterarme? ¿O simplemente la ciudadanía se hartó de estar encerrados en sus casas y se aventura ya a pulular por las avenidas sin importar si se contagian o no? No quisiera creer esto, pero al parecer es lo que está sucediendo. Si a esa ecuación le sumamos que el ciudadano se encuentra sin dinero debido a los gastos en los que ha tenido que incurrir, y la ausencia descarada de ayudas prometidas que no acaban de llegar, podemos deducir que en cualquier momento esta situación se podría salir de control gracias a las estupideces y desaciertos de un gobierno y sus funcionarios que no han sabido lidiar con la premura y seriedad que esta pandemia merece desde el principio.

Tenemos que seguir con la cuarentena. Es mi opinión, y creo que la de la mayoría, pues el abandonarla en su totalidad, o flexibilizarla en este minuto decisivo, puede ser el detonante para un aumento en la propagación que nadie desea. Es cierto, como dejó entrever la gobernadora, que cada uno es dueño de sus actos, o como diríamos nosotros, la salvación es personal, pero no es menos cierto que cuando hay un genuino compromiso de las partes decisionales gubernamentales el camino es menos escabroso. En otros países se han suavizado las medidas impuestas, precisamente donde luego han aumentado los casos positivos y los decesos, por consiguiente. Casualidad o no, son indicaciones que debemos tener en seria consideración a la hora de decirle al pueblo que pueden salir a hacer su vida normal como antes.

Existe un momento para todo. El circo político o el foro romano donde se buscan culpables, las malas decisiones de algunos, la improvisación rampante que permea en nuestra burocracia en tiempos de pandemia, la lentitud en atender el reclamo de un pueblo a la hora de satisfacer sus necesidades básicas de sobrevivir y alimentarse adecuadamente, la rapidez equivocada en aprobar desembolsos de dinero para satisfacer requerimientos de entidades comerciales que no son las apropiadas ni ética ni legalmente para suplirnos de pruebas médicas a sobreprecio ridículo para diagnosticar la enfermedad que nos ataca, la prepotencia de algunos alcaldes endiosados que se creen los más que saben, bloqueando las avenidas de acceso a sus pueblos pero que no consideran las necesidades de sus constituyentes en situaciones de emergencia, y desprecian por lo tanto la confianza de la gente que los eligió, desacertadamente al parecer, la permanencia en sus puestos directores en las dependencias de Hacienda, Trabajo, Educación, asesores en el área médica y económica de la gobernadora que no sirven a los propósitos por los que fueron escogidos, son el preludio inequívoco de una historia que no tendrá un final feliz.

Cuando un gobierno se encierra en su arrogancia y carencia de empatía hacia la gente que los puso en esa posición, es cuando corremos el riesgo de abocarnos a una situación desesperada que puede evitarse si existe un poquito de sentido común e inteligencia para lidiar con el momento histórico por el que atravesamos. No es con la verborrea adornada de floritura, ni con la carencia de humanidad que parece ser la norma y no la excepción que tenemos que enfrentar al mal que nos amenaza cada vez que salimos a la calle, ni con soluciones inexistentes o sacadas de la manga para tratar de calmar la urgencia real de personas necesitadas que no tiene con qué sobrevivir al día siguiente que nos hará prevalecer al final de la jornada. En algo tiene razón el gobierno: la salvación es individual, así que mañana, o la semana próxima, o dentro de un mes, cuando el gobierno ceda, si no ha cedido ya, a las exigencias económicas de un sector al que no le importamos a no ser para engrosar sus cuentas bancarias, y modifique, flexibilice, o elimine el toque de queda o la cuarentena impuesta, y autorice por ende el libre caminar del ciudadano a cualquier hora, y las cosas estúpidas que no haríamos de permanecer en nuestros hogares, o la liberación autorizada que muchos esperan para hacer lo que les venga en gana en menosprecio de las vidas de otros que han permanecido responsablemente en sus residencias, sin importar lo que mi vecino, familiar, amigo, o jefe diga, yo seguiré actuando como decidí hacerlo hace semanas cuando todo esto comenzó, con responsabilidad, seriedad, y mucha precaución cuando sea el momento indicado o preciso para aventurarme fuera de mi casa. Continuaré utilizando mascarillas, guantes, lavándome las manos con asiduidad, manteniendo la distancia requerida del otro en la fila, y muchas otras medidas que individualmente hemos acogido con tal de proteger nuestras vidas y la de los demás. También evitaré en lo posible el salir cuando no sea necesario de noche, a no ser para cumplir con mi tarea como trabajador por lo que estoy obligado, al igual que miles de puertorriqueños, para mantener mi hogar.

Así como a mí no me obliga un gobierno, tampoco yo me obligo a seguir sus desacertadas ideas y recomendaciones sin fundamento cuando se trata de mi propia vida y la de los míos. La salvación es individual, como bien dijo la gobernadora hace poco, y creo que ha sido de las poquitas cosas verdaderas que ha dicho durante toda esta triste situación por la que mi isla atraviesa. Cuando confiamos en demasía en el hombre es cuando las cosas se vuelven insostenibles, y ciertamente, el creer en gente insensible que lo único que hacen es aumentar el estado de incertidumbre que vivimos, no es la mejor solución si deseamos de corazón salir indemnes de esta pandemia.

A mi edad he visto levantarse y caer a infinidad de políticos, tantas personas endiosadas por poseer una preparación académica que solo les sirve para entender, en algunos casos, el funcionamiento de la maquinaria en la que trabajan, y hasta eso lo corrompen con sus ambiciones personales, pero que no les sirve de nada cuando de ayudar al prójimo se trata.

Vivimos en la época del sálvese quien pueda, solo me importo yo y nadie más y los demás que se fastidien, por no utilizar otra palabrita más cónsona con nuestra idiosincrasia, y en la que no obstante todas las penurias y sinsabores que experimentamos como sociedad no aprendemos nada de ello, que me atrevo a sugerir de que ya es hora de que despertemos a la realidad que nos invade, y que aceptemos que ya nada será igual que ayer, antes de comenzar este aislamiento social.

Cada experiencia es única, personal, invaluable, pues nos enseña lo que es bueno o malo, y de la que deberíamos extraer la sabiduría necesaria para no seguir cometiendo los mismos errores en el mañana.

Tristemente, lo admito, como he dicho en anteriores artículos, nuestro pueblo no aprende. Podemos recibir todos los cantazos del mundo, podemos seguir siendo gobernados por fantoches a los cuales elegimos en un momento de ceguera, podemos permanecer ignorantes de todos los chanchullos habidos y por haber manejados por ellos, por lo que seguiremos siendo humillados por gente que piensan que somos estúpidos, pero hasta que no abramos los ojos, y veamos cómo son a la luz del sol, sin fanatismos ni nada por el estilo, hasta ese momento, no antes, nos seguirán manejando como marionetas en un circo de fantasía, donde no existe la realidad, pero sí los manejos turbios de titiriteros que carecen de lo más elemental de cualquier ser humano: humanidad y sensibilidad hacia los demás.

Mientras eso no suceda, la estupidez de estos pocos serán la norma en el País de las Maravillas…

 

Nota: Este artículo lo escribí hace varios días, pero por diversas razones no lo he publicado hasta ahora, por lo que, aprovechando las novedades recientes de este gobierno maravilloso, tengo que indicar lo siguiente: El Departamento del Trabajo ha sido un desastre desde el día uno de esta cuarentena, y ya se preveía la avalancha de reclamaciones por desempleo que se avecinaba. No había que ser un mago para adivinarlo, por lo que no entiendo la tardía reacción de la primera mandataria de este país al visitar las oficinas de la agencia del Trabajo en estos días. ¿Pura politiquería, cargo de conciencia, ventajismo político, u otras razones? Desde hace semanas el pueblo clama por los beneficios del desempleo, las ayudas del PAN, y el cheque de estímulo económico de $1,200 prometido por el gobierno federal, fondos ya en la caja, pero que un inepto secretario de Hacienda no sabe cómo desembolsar a la gente necesitada de este país. ¿No es más sencillo enviar los cheques a los grupos básicos de contribuyentes, que componen unos cientos de miles, y luego, una vez aprobado su plan para los veteranos y pensionados del Seguro Social, enviarlos a éstos? Al menos no existiría el ambiente de frustración y desesperación de esos miles, y si a esto sumamos que muchos, por desconocimiento, llenaron el portal del IRS y ya recibieron el deposito en sus cuentas de los famosos $1,200, y que ahora este gobierno de pacotilla quiere penalizar por hacerlo, nos encontramos en la disyuntiva de unos funcionarios que no sirven para nada. El portal de IRS no excluía en su totalidad el que ciudadanos de aquí lo llenaran. El primer error fue de ellos. Incluso admite que lo pueden recibir. Pero el aviso del gobierno local por medio de su ineficiente secretario de Hacienda llegó tarde, como todo lo que este gobierno de maravilla hace, y ahora, no sabe ni dónde estamos parados. Sencillo. Cuando se habló primeramente de este estímulo, se dijo, bien claro, que era para cualquier ciudadano con número de Seguro Social, con independencia de si llenó planilla o no. Para eso estaba el portal de Non Fillers. El gobierno local lo único que tiene que hacer es no pagar a esos que ya lo recibieron y punto. Entiendo que si no son tan mediocres debe de existir listas sobre ese particular para que no haya pago doble. Así no existe ninguna clase de delito ni penalidad por un error cometido por ambas instrumentalidades. No hagan tanto espectáculo con el dolor de un pueblo, y pónganse a trabajar de verdad, pues como dije antes, es sencillo tomar decisiones, desacertadas en su mayoría, cuando se gana un sueldazo, y se vive en cómoda residencia, como es la norma de estos jefecitos de agencia apadrinados.

Hay cientos de empleados en sus casas, del gobierno, ganando sus sueldos sin hacer nada, lo que no podemos hacer nosotros, que tenemos que salir cada día a trabajar y exponiéndonos a contagiarnos y por consiguiente a la familia. Nosotros no podemos darnos ese lujo. No somos hijos de gente adinerada ni apadrinados por cuestiones políticas, ¿verdad? Aquí hablo de los que no están haciendo nada, no de los comprometidos empleados que sí están laborando en las trincheras del Departamento del Trabajo tratando de sacar todas esas reclamaciones que suman miles para que el ciudadano tenga su dinero lo más pronto posible, y a los que tengo en alta estima, pues muchos de ellos los conocí mientras laboré en su momento en esta dependencia en Manatí, por lo que sé lo sacrificado que es por experiencia propia. A ellos los felicito de corazón.

A estos funcionarios, los indolentes, en vez de estar viendo novelas en sus casas y engordando a costa de nosotros, váyanse a trabajar y poner en orden la casa, para que cientos de miles de familias puertorriqueñas puedan sobrevivir en lo que esta maldita enfermedad pasa, porque no lo dudemos ni por un momento, todo esto pasará, pero no se borrará de nuestras mentes y corazones todo por lo que tuvimos que atravesar porque un gobierno de maravilla no supo cómo trabajar por un bien común. Ya basta de tanta politiquería, por favor. Pónganse para su número. De lo contrario, en unos meses, los sacaremos a todos para la calle, al fin y al cabo, para nada posiblemente, pues se treparán otros igual o peores que lo que tenemos hoy. Nunca un bienestar económico puede más que la salud de un pueblo, así que no lo olviden a la hora de flexibilizar la cuarentena por esos motivos. Hoy mueren pocos; mañana pueden ser miles por las estupideces del gobierno en el País de las Maravillas…

 

 

 

 

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