Superposición del sitio

¿Podemos regresar a la normalidad en tiempos de pandemia?

¿Volviendo a la normalidad?

Puede ser que sí.

Puede ser que no.

Luego de largas semanas encerrados en nuestros hogares, es una interrogante que vale la pena contestar. Hemos estado presos, por decirlo así, debido al lockdown o cuarentena impuesta por el gobierno para proteger nuestra salud y vida, ciertamente, y evitar por lo tanto la propagación del mortal virus, COVID-19, una pandemia que nos ha agarrado por sorpresa desde principios de año en el mundo, y que hace alrededor de tres meses tocó a nuestras puertas para dejarnos saber que había llegado.

Y no para irse. No por ahora, como pinta la cosa. Un poquitín fea, por cierto, aunque sé que mejorará, confiando en Dios.

Creo que esto va para largo, queramos o no. Mientras no exista una cura para el virus, estaremos obligados a seguir todo el tiempo las medidas de prevención para no contagiarnos. Las conocidas mascarillas, guantes, lavado de manos, desinfectar todo lo que toquemos y más es la norma actual que vivimos, y que no va a desaparecer como por arte de magia, aunque lo deseemos con todas nuestras fuerzas.

Mientras tanto, y debido a ello, nuestra economía se ha cerrado, los miles de empleados de antes ahora son desempleados, las filas en los supermercados o en los pocos negocios escogidos han sido y son interminables, la angustiosa espera por las ayudas económicas prometidas parece no tener fin, pues ni llegan los cheques del desempleo, dinero esencial si queremos sobrevivir sin tanta desesperación, ni las aprobaciones del PAN, con su usual burocracia e insensibilidad, ni tampoco el auxilio que todavía cientos de personas esperan por los terremotos de este 2020, que nos agarraron desprevenidos, y que ahora son terrores que al parecer ya superamos cuando los comparamos con los horrores de saber que cualificamos para rescate financiero del Departamento del Trabajo y del PAN, y que no llegan, a pesar del tiempo trascurrido a nuestras manos, y esto por la ineficiencia, no de sus empleados, que sabemos que hacen hasta lo indecible por socorrer al necesitado, sino de sus directivos, que no saben lidiar con la situación actual ni buscar alternativas viables para aligerar el proceso y que así el ciudadano necesitado pueda respirar un poco aunque sea.

No voy a criticar al gobierno en esta ocasión. Pienso que ya el pueblo ha visto bastante de sus ejecutorias o falta de ellas, y ha observado como en programa escandaloso de televisión los desaciertos y la pandemia de errores y horrores que han exhibido ante el pueblo que los ve, y que sabrá en su día decidir el futuro de estos funcionarios que, en su inmensa mayoría, han puesto por delante sus propios intereses políticos en menoscabo del bienestar del país.

Con sinceridad me duele todo esto. Observar cada día que pasa que seguimos metidos en el mismo pantano de desinterés por parte de esta gente me hace reflexionar, y ponderar, si es necesario el seguir siendo gobernados por personas así que prometen mucho y cumplen poco. Creo que todos estamos cansados, hastiados, de la burocracia y corrupción que rige nuestro gobierno, y de la falta de compromiso una vez se trepan a la silla. Promesas huecas con tal de ganar un voto, y que luego se convierten en total indiferencia ante la necesidad cuando llega el momento.

Anoche, sentado en mi hogar, reflexionaba sobre todo por lo que atravesamos en este histórico momento de aislamiento social. No tan solo estamos alejados de todo lo que era nuestra vida normal, de nuestras familias, de los seres que amamos. También nos hemos alejado del ayer que fue tan importante para nosotros, y que ahora únicamente son recuerdos de una época que ya no volverá, aunque queramos. Para bien, o para mal.

Quizás no volvamos a caminar por las calles con la libertad de antaño. Quizás no volvamos a abrazar a otros por el terror al contagio. Hasta es posible que nunca volvamos a disfrutar de una vida sin restricciones ni miedos. Quizás.

La cuarentena era necesaria. Queríamos salvar vidas. ¿Se ha logrado en su totalidad? Es posible que la respuesta sea afirmativa. Al menos se ha detenido el incremento de contagios que otros países han tenido por la flexibilización de sus medidas. También ha unido familias que estaban apartadas por la frialdad de la modernidad actual, donde solo respiramos aliviados cuando nos encontramos metiendo el dedo en nuestros inteligentes celulares o tabletas para averiguar vidas ajenas en las redes sociales.

Luego de varias semanas que han lucido interminables, se prevé la opción de regresar poco a poco la normalidad, abriendo los comercios y devolviendo los empleos a los que están en sus hogares sin percibir ninguna clase de remuneración económica, gracias a la indolencia y falta de sentido de urgencia de unos directivos que reciben sus jugosos salarios en su cuenta bancaria aunque no tengan ni la inteligencia ni el interés por los demás, como lo han demostrado hasta la saciedad esta muchachita del Trabajo y el niño de Hacienda. No menciono a los demás porque ya el pueblo sabe los que son, comenzando con la de arriba y siguiendo hasta abajo en la escalera de liderato o ausencia de este.

¿Es reabrir la economía una sabia decisión? Con el corazón en la mano, mi opinión es que no, considerando únicamente el renglón de la salud y nuestras vidas, que es más importante que cualquier consideración económica. Pero, pensando en los cientos de miles de puertorriqueños que realmente necesitan de ello para poder ganar un sueldo y llevar el sustento a sus hogares, debo aceptar lo inevitable, aunque no lo quiera. Otro sería el cantar si nuestra gente hubiera recibido las ayudas prometidas a tiempo.

Desconozco si toda esta situación de retraso en las ayudas es parte de una estrategia política para beneficiar ya sabemos a quienes, o el resultado de décadas de incompetencia gubernamental y el quedarnos atrás tecnológicamente si nos comparamos con otras jurisdicciones, pero lo cierto es que vivimos en una época en la que ya no podemos creer en nadie, pues ninguno de los encumbrados viene a rescatarnos cuando en realidad los necesitamos, sino a jodernos más si es posible con toda esa retahíla de requisitos y pretextos que ponen por delante de nuestras narices cuando pedimos algo que nos es vital para seguir adelante y sobrevivir en medio del dolor causado por esta amenaza mortal que nos vigila todo el tiempo, esperando la oportunidad para caernos encima y arrancarnos de la vida y normalidad que tendríamos como seres humanos bajo el manto constitucional y sobre todo de Dios si unos poquitos personajes endiosados e insensibles no hubiesen decidido en su momento olvidarse del pueblo que los puso ahí en esa posición, pero que también los puede sacar si no se ponen a trabajar y dejan a un lado toda la estupidez de la que han hecho gala en la comedia de horrores que hemos visto en estos meses.

Solo espero que el supuesto retorno a la normalidad no sea el inicio de una larga caravana de ataúdes partiendo de nuestros hogares hasta el cementerio, aunque también creo que podemos hacer mucho para evitar esta dolorosa travesía si seguimos comportándonos como si estuviésemos todavía en total cuarentena con las debidas medidas preventivas, aunque el canto de sirena de la tentación para salir a la supuesta vida de antes sea tan poderoso que sea prácticamente imposible el resistirlo.

Jamás volveremos al ayer. Hoy y mañana será nuestra nueva realidad a partir de ahora.

Este virus cambió todo, para bien o para mal. Lo único que tenemos en este minuto es sobrevivir, y eso depende de la seriedad y compromiso que tengamos para hacerlo. No puedo determinar el rumbo que la ciudadanía decida una vez la supuesta normalidad regrese. No soy Dios para hacerlo.

Lo único que pido es que el sentido común impere sobre cualquier otra consideración.

La vida es una sola. No la desperdiciemos por querer correr antes de caminar.

Para eso habrá tiempo.

Vivamos la normalidad como en tiempos de cuarentena.

Así podremos llegar al final de la jornada, vivos…

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