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Agradecer por estar vivos

Agradecer por estar vivos

 

Sentí la imperiosa necesidad de escribir algo que reflejara mi sentir en estos días posteriores al inicio de la cuarentena y la recién apertura escalonada de la economía en general.

Cuando se impuso la restricción domiciliaria sin previo aviso, la sensación fue de sorpresa por la medida, imprevista, pero necesaria como lo entenderíamos más adelante, y tuvimos que recluirnos en nuestros hogares en días laborables, algo que quizás solo disfrutaban los que estaban de vacaciones o no trabajan ya, retirados.

Al principio, tomó algo de voluntad y tiempo el acostumbrarse. No era sencillo el vivir enclaustrado prácticamente las 24 horas del día, aunque siempre salíamos esporádicamente a realizar alguna que otra compra. Pero nos amoldamos, evolucionamos en cierto sentido, y hasta el gustito le agarramos mientras pasaban las horas y días. Luego, humanos al fin, aun comprendiendo el peligro que ello entrañaba, comenzamos a hartarnos de estar encerrados, muchos, no todos, y nos aventuramos poco a poco a salir, asustados en grado sumo por la peligrosidad de tal decisión, pero haciéndolo.

Las estadísticas, no tan fiables, mostraban que el contagio no era tan alarmante como esperábamos, ya fuera por la cuarentena impuesta a tiempo, o porque el ciudadano se estaba cuidando, consciente de su responsabilidad hacia ellos mismos, la familia y amigos, y la sociedad que lo cobijaba.

Se estancó la cosa, como decimos nosotros, y el gobierno decidió abrir la economía, ya maltrecha malamente debido al virus que nos amenazaba y todavía lo hace, pues no se ha ido, sino que descansa oculto en el aire que nos rodea, acechando para caer sobre nosotros de sorpresa por segunda ocasión, y agradecimos, muchos, no todos, esa decisión, que acertada o no, creo que era necesaria, aunque sigamos preocupados y protegiéndonos en mayor escala. El que se abra el comercio y volvamos probablemente a una nueva realidad, no significa que el virus se haya evaporado en el aire.

Todo lo contrario, pues es ahora cuando el peligro es mayor. Máxime, cuando la gente se ha desbordado sin control en cada comercio abierto, disfrute no experimentado por casi tres meses, y que para muchos de nosotros es lo más parecido a ser liberado de la prisión que nos encerraba después de largo tiempo sin ver la luz del sol.

Comprendo, puertorriqueño al fin, que regresar a la supuesta nueva normalidad era gratificante en todos los sentidos, física y emocionalmente, pero no por eso desaparece de mi cuerpo la sensación de que nada ha terminado, sino que recién comienza, aunque pensemos lo contrario.

Obviando todo lo expresado por mi persona con anterioridad, en diversos artículos, y sin afán de entrar de nuevo en dimes y diretes ni críticas al gobierno por su incomprensible en ocasiones modo de actuar, tengo, tenemos, que agradecer el haber llegado hasta aquí.

Ya sea que hayamos perdido el empleo, o que no hayamos recibido todavía las ayudas prometidas, algo que se puede entender teniendo en cuenta la proporción gigantesca de puertorriqueños que se han visto afectados por esta pandemia en el aspecto laboral o humano, y echando a un lado cualquier comentario o sugerencia vertida por el gobierno en el sentido de que debemos de cuidarnos nosotros mismos, que es una realidad, porque ningún gobernante puede decidir por nosotros a la hora de proteger nuestra integridad física y emocional, pues es deber de cada uno como seres humanos pensantes y no manipulados como algunos quisieran en las esferas de poder, o la tardanza de algunos funcionarios en ayudar propiamente a la población necesitada, lo cierto es que, analizando las enseñanzas y errores cometidos en esta mortal época en la que nos tocó vivir, tenemos que agradecer, y mucho.

Agradecer, porque, como dije antes, no obstante, todas las penurias que haya, o tengamos todavía que sufrir, la única verdad, hasta ahora, es que estamos vivos, respirando y disfrutando el aire borincano que cada mañana tenemos la bendición de recibir directito a nuestros sanos pulmones, y que nosotros como habitantes de esta hermosa patria, tenemos todo el derecho del mundo de exhibir al universo entero.

Está en nosotros el disfrutar de la bendición de estar vivos hasta hoy, y el cuidarnos en mayor proporción ahora que estamos regresando paulatinamente a la nueva realidad que será nuestra vida de ahora en adelante. Si hemos llegado hasta aquí, es cuestión de seguir luchando hasta que la mortal enfermedad sea derrotada finalmente. Mientras tanto, no bajemos la guardia, disfrutemos, respiremos el aire puro de nuestro Puerto Rico, recordemos a todos aquellos que por desgracia han sucumbido, y a todos los que aún se encuentran batallando por sobrevivir en algún hospital de nuestra isla, sin olvidar a todos esos profesionales de la salud, funcionarios públicos, Trabajo, PAN y Hacienda, municipales, alcaldes, Juan del Pueblo, y muchos que se me escapan de la memoria, por haber aportado su granito de arena para que la inmensa población borincana lograra sobrevivir y salir indemnes de esto, aunque pienso que el COVID-19 será el antes y después de cada ser humano en este mundo que nos tocó vivir, y que nos ha fortalecido como personas a pesar de los huracanes, temblores, terremotos, y ahora pandemia que nos ha visitado para bien o para mal en los últimos tiempos. Gracias a todos ustedes.

Hay que saber agradecer, pues toda esta gente, aunque en su momento sean criticados duramente no obstante estar realizando el trabajo para el que fueron designados, se esmeran, sacrificándose hasta lo indecible en muchas ocasiones para que nosotros como pueblo podamos recibir todas las ayudas económicas y emocionales que con sinceridad necesitamos, y que una vez recibidas, olvidamos de agradecer, pues nos creemos que todo lo merecemos debido a esta triste situación por la que atraviesa nuestra islita, y que está muy lejos de la realidad, pues muchos países en el mundo azotados por el virus no tienen la bendición de contar con tantas ayudas en momentos de urgencia o desolación.

Y, sobre todo, sin olvidar lo más importante, agradezcamos a Dios por un día más de vida, porque lo material se repone, las deudas se pagan al fin, la comida llega a nuestras mesas, y los gobernantes cambian, pero una existencia que se pierde jamás se podrá recuperar, viviendo solamente en la memoria y el corazón de la gente que nos aprecia y ama.

Si Dios nos ha traído hasta aquí, también nos sacará a su debido momento del paraje de muerte y tristeza en la que nuestra Humanidad se halla, pero, como dije antes, es cuestión de cuidarnos hasta que llegué ese momento, y no salir corriendo ahora que las restricciones se han suavizado o desaparecido.

Agradezcamos de corazón. La victoria se halla más cerca de lo que pensamos. Pronto la oscuridad terminará, y volveremos a abrazar a todo lo que amamos, y hasta a los que no.

Tengo la fe, la certeza en Dios, de que así será. Es cuestión de creerlo…

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