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¿Vale la pena votar?

¿Vale la pena votar?

Una de las ventajas, si se le puede llamar de esa manera, de llegar a cierta edad, es que ya prácticamente hemos visto de todo, y lo que no, lo hemos aprendido de otras personas.

Cuando joven, aspiraba a muchas cosas. Metas personales, sueños profesionales, aspiraciones de ser alguien reconocido en la profesión que eligiera. A temprana edad anhelaba ser psiquiatra, quizás porque me encantaba estudiar y reflexionar sobre el comportamiento humano de las personas que me rodeaban. Por razones que no vienen al caso, dirigí mis metas hacia otros entornos, arrepintiéndome muchos años después por esa decisión. Creo que hubiese sido un fenomenal profesional en ese campo, en especial en esta época que nos ha tocado vivir, que la salud mental es tan endeble en los seres humanos, ya sea por la presión que ejerce la sociedad en nosotros, o por la frustración de querer existir y no saber cómo hacerlo.

Pero también aprendí que de nada sirve el lamentarse por lo que pudo haber sido y no fue. La vida es tan corta, y tan incierta, que uno puede irse de este mundo en cualquier instante sin haber disfrutado ni un poquito de ella, o en el peor de los casos, desperdiciar los días, meses y años viviendo sin vivir en la realidad.

Regresando al tema que deseo abordar en este escrito, en el que he divagado un poco sin entrar en materia hasta ahora, es que el envejecer nos brinda, casi siempre, con una experiencia y sabiduría que de otro modo no tendríamos.

En mi niñez temprana, a finales de la década del 1960, mis padres asistían a todas las actividades políticas del partido político de su preferencia. No pienso confesar que no era rojo su color ni verde, pero ganaron por primera vez unos comicios en ese momento. Imagino que ya habrán adivinado. No es muy complicada la ecuación.

Eran otros tiempos, los políticos se respetaban, y hasta se admiraban entre ellos, aunque no compartieran la misma ideología. Lo importante eran los principios que predicaban en las tribunas, en los mítines de barrio, y en el cafetín de la esquina, y que defendían con ardor cuando llegaba el momento de hacerlo.

Podíamos diferir en el concepto, pero nunca en el fin primordial, que era el bienestar de los puertorriqueños con vistas al futuro. Ya fuera estadidad, libre asociación, independencia o cualquier otro ideal, lo importante era que era una política más sana en la mayoría de las ocasiones, y nunca la rivalidad llegaba hasta la difamación u oportunismo craso o ventajismo que hoy en día permea en la discusión de los asuntos que nos atañen como pueblo.

Me encantaba la política de ese entonces.

Ya no.

Incluso, no obstante, el desencanto que ha ido aumentando en mi ser con el trascurso de los años, consideré hasta incursionar en ese mundo, y estudié el ambiente y la situación en ese instante para dar el salto, pues siempre consideré, en lo más profundo de mi corazón, que la política, limpia, respetuosa, sincera, en pro del bienestar del ciudadano, era un arma poderosa para cambiar la visión de la sociedad y su funcionamiento para bien. Abandoné la idea, dándole la oportunidad a otros que pregonaban la misma filosofía, aparentemente, y que luego, una vez triunfante, han resultado ser más de lo mismo que repudia el pueblo en la actualidad.

Seres humanos con muchas ínfulas y pretensiones de cambiar el mundo, pero que al final resultaron ser mercenarios que saltan al ruedo político por la ambición de poder y lucro. De esos está repleto nuestro sistema actual, por desgracia para nosotros, el pueblo, que siempre paga los platos rotos por no saber escoger adecuadamente el mejor candidato, prefiriendo al grosero guapetón de barrio e inexperto que al ser humano decente que desea en verdad servir de corazón. Por eso es por lo que tenemos gente así en las cámaras legislativas, y gobernantes no electos por el pueblo que al principio no aspiraban más que terminar el mandato que la constitución exigía sin ambicionar otra cosa, y que luego, una vez toman posesión de la bendita silla de la que fue expulsado el anterior incumbente, les gusta tanto que ahora no quieren abandonarla por las buenas.

Dicen que el fin justifica los medios, y eso lo vemos hasta la saciedad en la novela política que nos ha tocado experimentar por las pasadas décadas. Funcionarios que han subido con grandes expectativas, y han decepcionado amargamente.

Elegimos funcionarios para que nos representen como pueblo, y adopten medidas radicales en aras del crecimiento personal, social y económico de nuestra pequeña isla, y una vez electos, como que se olvidan de su deber humano, y comienzan a comportarse como hipócritas politiquillos del montón a los que no les importa el ser humano por lo que es, sino como un voto que necesitan a toda costa, aunque luego fallen en todos los aspectos.

Vivimos en estos momentos una situación de salud preocupante que ha costado la vida de cientos de miles de personas alrededor del mundo, y de la que, al parecer, algunos se han olvidado, corriendo como locos hacia la libertad una vez se suavizan las restricciones impuestas por el gobierno de turno.

Desde el comienzo de la cuarentena, el pueblo ha observado, anonadado, la comedia de errores, uno tras otro, de los llamados funcionarios electos para que fuera lo contrario de lo esperado.

La compra fatula de las pruebas, la falta de rastreo y monitoreo de las personas contagiadas, la debacle de Salud, Hacienda, Trabajo, Educación y otras dependencias, no sus empleados, que se fajan responsablemente a toda hora, sino sus directores, que no sirven, las medidas legislativas aprobadas sin vistas públicas en detrimento de la sociedad que nos cobija, el juego del gobierno con el toque de queda, el derrumbe de nuestra economía, el desempleo y la falta de recursos económicos de nuestros ciudadanos para sobrevivir estos largos meses de confinamiento y llamado distanciamiento social, el ataque personalista a diversas figuras de todas las esferas, el nombramiento de funcionarios racistas en puestos de gran sensibilidad, la permanencia de otros que no saben ni en donde están parados, pero por ser hijos de papá se creen merecerlo todo, la violación de derechos civiles, el arreglo de casos, o desviar la atención hacia otros lares cuando la cosa se le pone peliaguda al gobierno de turno no electo por nosotros, y muchas otras cosillas que se me escapan de la memoria, pero que ha constituido el diario vivir de este pueblo por los pasados meses. Una novela barata con actores del montón que se creen dioses, pero que no pasan de ser fantoches sin sentimientos ni empatía por el electorado que erróneamente los escogió.

Muchas veces pienso, reflexiono sobre el particular, y me siento profundamente decepcionado por lo que está ocurriendo. Todavía no puedo aceptar que un político piense primero en su persona más que en nosotros, y que nos hunda con sus ejecutorias en lugar de levantarnos como pueblo. No lo comprendo ni acepto, como dije antes. Y me entristece, y decepciona, aunque, como indiqué al principio, el madurar y llegar hasta cierta edad es sinónimo de no esperar ya mucho de las personas, en especial de estos maniquíes de pacotilla que dicen llamarse políticos. Primeros y últimos son ellos, y los demás que se fastidien, por no decir otra palabra que decimos mucho aquí.

Ahora asistimos al siguiente capítulo de la tragicomedia, un libreto improvisado en el que espero, y lo pido con sinceridad, que el pueblo pueda abrir al fin sus ojos, y vea, descubra, la podredumbre que impera bajo esas superficies falsas que tanto daño nos ha causado por las pasadas décadas. No sigamos escogiendo oportunistas de profesión a los que no les importamos. Ya es hora de un verdadero cambio. Sé que hay seres humanos que anhelan servirle bien a Puerto Rico, pero a los que se les cierran las puertas por no cumplir con el estereotipo de politiquillos insensibles que han proliferado últimamente.

Lo que no sirve, hay que sacarlo, y si son todos, mejor. Nos hallamos en la encrucijada histórica de realizar el cambio que es necesario y urgente para cimentar las bases de un mejor mañana. No podemos quejarnos si continuamos cometiendo los mismos errores. Hay que darse a respetar. Los charlatanes dictatoriales, hitlerianos, agnósticos, marionetas, que nos gobiernan o tienen aspiraciones de hacerlo tienen que irse. Ya la paciencia de un pueblo se agotó. La política es hermosa cuando es para el bien de una sociedad, pero se convierte en una aberración cuando unos pocos se valen de ella para aprovecharse a costa del pueblo puertorriqueño.

Reconozco que todavía hay ciegos que no quieren ver, y les creen a estos personajes todas las falsedades que escupen sus labios, pero el fanatismo no es pretexto para que el resto de nosotros tengamos que pensar igual. La época en que papá y mamá eran de un partido, el corazón del rollo, y que por esa razón estábamos obligados, generación tras generación, a votar por insignia, azul o roja, es cosa del pasado. Elegir con inteligencia es la clave del presente, y la opción correcta si deseamos cambiar el curso de nuestra historia. Ejerzamos nuestro voto con prudencia, fríamente. Es nuestro momento…

 

 

 

 

 

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